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El mito de las vacas contaminantes

¿Es cierto que las vacas están matando el planeta? Los últimos cuatro años han sido los más calurosos de la historia. Las emisiones globales aumentan en lugar de reducirse. 

Seguro que alguna vez ha escuchado que la mayor parte del efecto invernadero es debido a las flatulencias de las vacas. ¿Esta afirmación es real o es un mito? ¿Hasta qué punto están poniendo en peligro la vida en nuestro planeta?

El Metano (CH4) es un gas de efecto invernadero que se genera en multitud de procesos naturales y artificiales. El más conocido posiblemente sea el que se produce en el interior del aparato digestivo de los rumiantes –vacas, búfalos, ovejas y cabras–, cuando los microbios que se encuentran en su interior fermentan el alimento que consumen. Este proceso, conocido como fermentación entérica produce el Metano que las vacas eliminarán posteriormente.

En contra de la creencia popular, este gas no es expulsado mediante flatulencias sino que pasa al sistema respiratorio y es eliminado por medio de exhalaciones.

La peligrosidad de este gas Metano vacuno que se emite a la atmósfera, radica en dos pilares principales: el primero es que es un gas de efecto invernadero muy potente.

A groso modo, un kilogramo de Metano liberado a la atmósfera tiene el mismo potencial de calentamiento que 25 kilogramos de Dióxido de Carbono (CO2).

Aunque su vida media y su abundancia es inferior a la del CO2, el Metano es un gas que preocupa a la comunidad científica porque existen enormes depósitos almacenados en el fondo de los océanos y en el permafrost, que es la capa de suelo permanentemente congelado en las regiones muy frías del planeta. El aumento de la temperatura del mar y la fusión de parte del permafrost podría liberar a la atmósfera enormes cantidades de Metano que dispararían el efecto invernadero.

La segunda tiene que ver con el número de vacas: los rumiantes surgieron hace millones de años y nunca fueron un problema para el medio ambiente, pero hoy en día hemos aumentado la población bovina hasta los 1.500 millones de ejemplares para satisfacer nuestra demanda de leche, carne, queso, etcétera. Una vaca expulsa unos 200 gramos de Metano al día y eso equivale a 5 kilogramos en unidades de CO2. Esto supone que, según datos de la FAO, cada año todas las vacas del planeta liberan a la atmósfera 100 millones de toneladas de Metano que tienen el mismo efecto que 2.500 millones de toneladas de CO2.

El aporte de las vacas al desastre

A la liberación de Metano que realiza el rodeo vacuno a nivel mundial se le puede sumar otros 2.500 millones expresados también en unidades de CO2, que están asociados a la construcción y mantenimiento de las granjas, al transporte de los animales y al empleo de abonos para forraje, entre otras actividades.

Esta cantidad astronómica difícil de imaginar resulta ridícula si la comparamos con los 50.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero –siempre en unidades de dióxido de carbono–, que se liberan cada año según cálculos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC).

En otras palabras la contribución de la ganadería bovina al calentamiento global es del orden del 10%, y solo la mitad es achacable a los estómagos de las vacas. Las pobres sólo tienen la culpa del 5%.

Está claro que en la medida en que se disminuya la producción de leche y su consumo, se reducirá la emisión de Metano.

Pero imponer un “veganismo” estricto es una opción que incluso podría empeorar el problema porque el sector agrícola contribuye con un 25% al total de las emisiones. El camino más racional apunta a un consumo responsable con el uso eficiente del agua, en el uso del suelo y la fertilización racional –se utilizan en muchos países enormes cantidades generando óxido de nitrógeno, otro potente gas de efecto invernadero–, en el consumo de combustible en el transporte, en el envasado de plástico de la carne… y culpamos a las vacas.

No es la vaca, sino todo el entramado que se ha construido alrededor de ella. La FAO señala que una gestión y consumos responsables ahorrarían más de 1.700 millones de toneladas de CO2 equivalente.

La última posibilidad

El año pasado se llevó a cabo la cumbre sobre el cambio climático de las Naciones Unidas (ONU) con la advertencia de que la generación de hoy es la última que puede prevenir el catastrófico calentamiento global, así como la primera en sufrir sus impactos.

Casi 200 naciones se reunieron en Polonia durante dos semanas, con el objetivo de elaborar un acuerdo vital para hacer realidad la visión de reducción de carbono establecida en París en 2015.

Los movimientos para acelerar rápidamente la acción serían otro objetivo clave, con las promesas actuales que dejan al mundo en camino a un desastroso calentamiento global de 3°C.

El escenario es grave: en los últimos cuatro años han sido los más calurosos registrados en toda la historia y las emisiones globales aumentaron nuevamente, cuando deben reducirse a la mitad para 2030.

La acción climática debe aumentarse cinco veces para limitar el calentamiento a 1,5°C, según los científicos. “Somos claramente la última generación que puede cambiar el curso del cambio climático, pero también somos la primera generación con sus consecuencias”, afirmó Kristalina Georgieva, directora ejecutiva del Banco Mundial. El banco anunció el lunes que su récord de 100.000 millones de dólares de financiamiento climático para 2021/25 se dividiría por primera vez en partes iguales entre proyectos para reducir las emisiones y aquellos que pueden proteger a las personas de las inundaciones, tormentas y sequías que está provocando el calentamiento global. En los últimos años, solo el cinco por ciento de la financiación mundial se ha destinado a la protección, pero en 2018 se han visto afectados los impactos climáticos, con olas de calor e incendios forestales en Europa y California además de grandes inundaciones en India, Japón y África Oriental. “Ya estamos viendo el impacto devastador del cambio climático”, dijo Georgieva. “Creemos firmemente que la acción debe ir tanto en la mitigación como en la adaptación”.

“Los extremos climáticos son la nueva normalidad”, aseveró el profesor Patrick Verkooijen, CEO del Centro Global de Adaptación, en los Países Bajos. “El debate climático ya no puede centrarse sólo sobre las causas, sino que también debe apuntar a cómo miles de millones de personas en riesgo pueden adaptarse rápidamente al mismo”.

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